Una avanzada del reino

Reconoces a tu enemigo en cuanto lo ves. Yo vi al mío una brillante mañana primaveral de hace casi un año, cuando me había bajado hasta el Gran Canal para disfrutar de la brisa, como solía hacerlo todas las mañanas. Una flotilla de adornadas gabarras romanas navegaba por las aguas, avanzando a empellones entre nuestras góndolas, como si éstas no fueran más que desechos flotantes. En la proa de la primera barcaza estaba apostado un joven procónsul imperial, robusto y de oscuras barbas, que sonreía al sol de la mañana y lo miraba todo como si fuera algún nuevo Alejandro tomando posesión de su último dominio conquistado.

Yo me hallaba observando desde los escalones del pequeño templo de Apolo, justo al lado del Rialto. La barcaza del procónsul llevaba tres grandes mástiles, en los que ondeaba el estandarte del águila. Eran demasiado altos para pasar por allí y, por alguna razón, el puente levadizo tardaba en abrirse. Al echar un vistazo con impaciencia a su alrededor, su mirada me alcanzó, y sus ojos brillantes e insolentes se encontraron con los míos. Allí se quedaron posados un momento, tranquila y presuntuosamente. A continuación, me hizo un guiño y, ahuecando las manos delante de su boca, me dijo algo que no pude entender.

—¿Qué? —pregunté yo, automáticamente hablando en griego.

—¡Falco! ¡Quinto Pompeyo Falco!

En ese momento, el puente se abrió, su barcaza pasó y desapareció rápidamente por el canal. Su destino, como pronto me enteraría, era el Palacio Ducal, en la Gran Plaza, adonde se dirigía para establecer su residencia en la casa donde antes viviera la princesa de Venecia.

Levanté la vista hacia Sofía, mi doncella.

—¿Le has oído? —pregunté—. ¿Qué es lo que ha dicho?

—Su nombre, señora. El es Pompeyo Falco, nuestro nuevo señor.

—Ya, claro. Nuestro nuevo señor.

¡Cómo le odié en aquel primer momento! Aquel muchacho italiano, de rostro velludo y aliento que huele a ajo, entrando arrogantemente en nuestra serena y encantadora ciudad para ser nuestro señor…, ¿cómo podía no odiarle? Algún soldado raso de Neápolis o Calabria aupado desde su mugriento entorno para convertirse en procónsul deVenecia como recompensa, sin duda, a su sed de sangre en el campo de batalla. Ahora sería él quien llenaría nuestros oídos con sus chirriantes groserías latinas y profanaría la elegancia de nuestros banquetes con sus bastos modales romanos… Lo odié a primera vista. Me sentí ensuciada por la mirada fría y despreocupada que posó en mí en aquel momento antes de que su barcaza pasara bajo el puente levadizo. ¡Quinto Pompeyo Falco! ¿Qué era lo que aquel feo nombre podía significar para mí? ¿Una dama de alta cuna de Venecia, bizantina hasta la médula, cuyos ancestros se remontaban hasta la princesa de Constantinopla y que se había mezclado desde su infancia con los grandes del mundo griego?

Que estuvieran allí los romanos no era ninguna sorpresa. Durante meses, yo había sentido cómo el Imperio se filtraba en nuestra ciudad, de la misma forma en que las mareas del implacable mar se deslizan en nuestra apacible laguna dejando atrás las defensas de nuestras islas. Así son las cosas en Venecia: nos protegemos lo mejor que podemos del mar, pero cuando llegan las tormentas, lo dominan todo, subiendo las mareas y anegándonos. No existe mar más poderoso en el mundo que el Imperio de Roma; y ahora, al fin, estaba a punto de barrernos.

Después de todo, éramos una estirpe derrotada. Cinco, ocho, diez años habían pasado ya desde que el basileo León XI y el emperador Flavio Rómulo firmaran el Tratado de Rávena, por el que los imperios Occidental y Oriental quedaban reunificados bajo gobierno romano, y todo quedara como hacía tantos siglos, en la época de los primeros cesares. El gran momento griego se había acabado. Tuvimos nuestra época de gloria, doscientos años de hecho, pero al fin, los romanos se habían impuesto. Una región después de otra, todo el mundo independiente bizantino había vuelto a manos romanas, y ahora llegaba nuestro turno de ser tragados. Venecia, la avanzadilla occidental del reino caído. Las barcazas romanas navegaban por nuestros canales. Un procónsul romano había llegado allí para vivir en el Palacio Ducal. Los soldados romanos se pavoneaban por nuestras calles. Cincuenta años de sangrienta guerra civil, doscientos de supremacía griega después, y ahora todo había pasado a la historia. Ni siquiera teníamos un emperador propio. Durante mil años, desde la época de Constantino, nosotros, los del este, lo habíamos tenido. Pero ahora debíamos doblegarnos ante los cesares como lo hicimos en épocas antiguas. ¿Hay que sorprenderse de que odiara a aquel hombre de César al primer golpe de vista cuando, arrogantemente, hizo su entrada en nuestra conquistada, pero no humillada ciudad?

Al principio casi nada cambió. No reconsagraron el templo de Zeus como templo de Júpiter. Nuestras bonitas monedas bizantinas, nuestros

Supongo que, tarde o temprano, era inevitable que me encontrase con el procónsul romano. Venecia es una pequeña ciudad y le convenía congraciarse con la aristocracia local. Por nuestra parte, estábamos obligados a ser corteses con él. Entre los romanos, todos los provechos y favores fluían hacia abajo desde lo alto y él era el hombre del emperador en Venecia. Cuando las tierras, los rangos militares y los cargos municipales lucrativos estuvieran disponibles, era Quinto Pompeyo Falco quien los asignaría y él podía, si ése fuera su deseo, ignorar a los que antes fueron poderosos en la ciudad y elegir a otros nuevos hombres a los que favorecer. Por eso correspondía, a todos aquellos que fueron poderosos bajo el gobierno caído, lisonjearle si es que querían mantener su elevada posición. Falco tenía sus pretendientes como yo tenía los míos. En las festividades, podía vérsele en el templo de Zeus, rodeado por señores venecianos que le adulaban como si fuera el mismo Zeus de visita. Ocupaba el lugar de honor en muchos banquetes; se le invitaba a ir de cacería a las haciendas de los grandes nobles. A menudo, cuando las barcazas de los hombres acaudalados navegaban por nuestros canales, Pompeyo Falco estaba entre ellos, en cubierta, riendo, bebiendo vino y aceptando los halagos de sus anfitriones.

Como digo, no podía evitar encontrarme con él en algún momento. De vez en cuando lo sorprendía observándome desde lejos en alguna señalada ocasión de Estado. Pero nunca le di la satisfacción de devolverle la mirada. Pero entonces llegó una noche en la que ya no pude rehuir el contacto directo con él.

Fue con ocasión de un banquete en la villa del hermano menor de mi padre, Demetrio. Al morir mi padre, Demetrio se convirtió en el cabeza de familia, y su invitación tenía el carácter de una orden. Lo que yo no sabía era que Demetrio, a pesar de sus sacas de oro y de sus muchas propiedades en el interior, andaba en busca de un puesto político en la nueva administración de Roma. Deseaba convertirse en Señor de la Caballería. No se trataba de una posición militar en absoluto (ya que ¿qué clase de caballería podría tener Venecia, rodeada de agua como estaba?) sino, sencillamente, de una bicoca que le daría derechos sobre una parte de los ingresos públicos de aduanas. Así pues, estaba cultivando la amistad de Pompeyo Falco y le había invitado al banquete. Y, para mi horror, me había sentado a mí a la derecha del procónsul en la mesa del banquete. ¿Acaso iba mi tío a desempeñar el papel de proxeneta con tal de hacerse con algunos ducados extra al año? Pues eso es lo que parecía. Yo ardía de furia. Pero ya no había nada que pudiera hacer excepto desempeñar mi papel. No deseaba provocar un escándalo en la casa de mi tío.

Falco me dijo:

—Según parece, somos compañeros esta noche. ¿Puedo acompañarla a su asiento, lady Eudoxia?

Hablaba en griego, un griego excelente, a decir verdad, aunque con un cierto y leve acento bárbaro. Le cogí del brazo. Era más alto de lo que suponía y muy ancho de hombros. Sus ojos eran despiertos y penetrantes y su sonrisa fácil y convincente. A cierta distancia, su aspecto era juvenil, pero ahora comprobé que era mayor de lo que había pensado: treinta y cinco por lo menos, quizá incluso más. Lo detesté por sus modales espontáneos y confiados, por sus aires de amo y señor, por su dominio de nuestra lengua. Incluso por su barba, negra y espesa; las barbas ya no estaban de moda en el mundo griego desde hacía varias generaciones. La suya era un fleco corto y tupido, la barba de un soldado, que le daba el aspecto de uno de los emperadores de las antiguas monedas romanas. Muy probablemente, ése era su propósito.

Sirvieron bandejas de pescado a la parrilla acompañadas de vino frío.

—Me encanta su vino veneciano —dijo—. Es mucho más delicado que esos caldos fuertes del sur. ¿Desea que le sirva?

Había sirvientes alrededor para escanciarlo. Pero el procónsul de Venecia me sirvió el vino, y todo el mundo en la sala se percató del detalle.

Yo era la sobrina consciente de sus deberes. Charlamos amigablemente como si Pompeyo Falco fuera un simple invitado y no el representante de nuestro conquistador. Fingí haber aceptado completamente la caída de Bizancio y la presencia de funcionarios romanos entre nosotros. ¿De dónde era? DeTarraco, dijo él, una lejana ciudad hacia el oeste, explicó, en Hispania. El emperador Flavio Rómulo también era de Tarraco. Ah, entonces ¿estaba emparentado con el emperador? No, contestó Falco, en absoluto, pero era un amigo próximo del hijo menor del emperador, Marco Quintilio. Los dos habían luchado juntos en la campaña de Capadocia.

—¿Y está contento de que le hayan destinado a Venecia? —le pregunté, mientras fluía el vino.

—Oh, sí, señora, mucho. ¡Qué ciudad tan hermosa! Tan extraordinaria: con todos estos canales, todos estos puentes, y qué civilizado es todo aquí, después del frenesí y el clamor de Roma.

—Así es, somos muy civilizados —le contesté.

Sin embargo, por dentro me hervía la sangre, pues yo sabía lo que él quería decir en realidad: ¡Qué pintoresca es su Venecia, qué dulce, qué preciosa chuchería de ciudad! Y qué inteligentes fueron al construirla en el mar, de manera que las calles sean canales y se deba ir en góndola en lugar de en carruaje.Y qué alivio supone para mí pasar algún tiempo en este plácido remanso de provincias, bebiendo buen vino con hermosas damas, mientras todos los prohombres locales corretean a mi alrededor desesperadamente tratando de ganarse mi favor, en lugar de tener que abrirme paso en la jungla asesina de la corte imperial en Roma. Y a medida que él fue alabando las bellezas de la ciudad, yo fui odiándolo más y más. Una cosa es ser conquistada y otra que te traten con condescendencia.

Sabía que intentaba seducirme. No se necesitaba mucha sabiduría para darse cuenta de eso. Entonces me propuse seducirle yo primero, allí mismo: hacerme con el control sobre aquel romano mientras pudiera para humillarlo y, de ese modo, derrotarlo. Falco era un animal bastante atractivo. A un nivel estrictamente animal, seguramente podría obtenerse de él algún placer. Y también estaba el otro placer, el del conquistador conquistado, el cazador transformado en presa: sí. Sí. Lo ansiaba. Yo ya no era la inocente muchacha de diecisiete años que había sido entregada como novia al radiante Heraclio Cantacuzeno. Ahora tenía mis artimañas. Era una mujer, no una niña.

Dirigí la conversación hacia las artes, la literatura, la filosofía, la historia. Quería mostrarle cuan bárbaro era; pero resultó ser inesperadamente educado, y cuando le pregunté si había ido al teatro a ver la obra que estaban representando, la

—Pero aún así, lady Eudoxia, puedo comprender la razón de su debilidad por

Más halagos, y más odio por mi parte. Pero lo cierto es que lloré en el teatro cuando Nausica y Odiseo se aman y se separan, y quizá sí vi algo de ella en mí misma o algo mío en ella.

Al final de la velada me invitó a comer con él en su palacio al cabo de dos días. Lo había previsto y, fríamente, alegué un compromiso anterior. Entonces, él me propuso cenar el primer día de la semana siguiente. De nuevo me inventé una excusa para declinar su invitación. El entendió la naturaleza del juego que habíamos empezado.

—Quizás en otra ocasión, entonces —dijo, y dignamente, cambió mi compañía por la de mi tío.

Yo quería volver a verlo, naturalmente, pero cuando y donde yo quisiera. Y pronto encontré el momento. Cuando a Venecia llegan grupos de músicos, siempre son bienvenidos en mi casa. Yo iba a celebrar un concierto e invité al procónsul. Vino. Acompañado por un impasible séquito romano. Le asigné el lugar de honor, por supuesto. Falco habló conmigo después de la actuación para elogiar la calidad de las flautas y la conmovedora voz de la cantante, pero no dijo nada acerca de invitarme a cenar. Bueno, había abdicado en mi favor. A partir de ese momento, sería yo quien definiera la naturaleza de la caza. Tampoco yo le invité, pero lo acompañé en un breve recorrido por los salones inferiores de mi palacio antes de que se marchara, y él admiró las pinturas, las esculturas, la vitrina de las antigüedades, todos los hermosos objetos que yo había heredado de mi padre y de mi abuelo.

Al día siguiente, llegó un soldado con un regalo para mí del procónsul: una pequeña estatuilla de piedra negra muy pulida que representaba una mujer con cabeza de gato. La nota de Falco que la acompañaba explicaba que la había conseguido cuando había servido en la provincia de AEgyptus hacía algunos años: era una imagen de uno de los dioses egipcios, que había comprado en un templo de Menfis, pensando que podía haber cierta belleza en ella. De hecho era hermosa a su manera. Pero también era extraña y aterradora. En ese sentido, se parecía mucho a Quinto Pompeyo Falco, me encontré pensando para mi propia sorpresa. Coloqué la estatuilla en un estante de mi vitrina, en la cual no había nada parecido. Nunca había visto nada similar, así que resolví pedirle que me contara algo de AEgyptus la próxima vez que le viera, que me hablara de sus pirámides, de sus extraños dioses, de sus tórridas inmensidades de arena.

Le envié una escueta nota de agradecimiento. Después esperé siete días tras los cuales le invité a pasar conmigo unos días de asueto en mi propiedad de Istria, a la semana siguiente.

Desafortunadamente, me contestó él, el primo del cesar pasaría porVenecia y habría que mantenerlo entretenido. ¿Podía visitar mi finca en otra ocasión?

El rechazo me cogió desprevenida. Él era mejor jugador de lo que yo suponía; estallé en lágrimas de rabia. Pero tuve bastante juicio como para no responderle inmediatamente. Al cabo de tres días, volví a escribirle, diciéndole que lamentaba no poder ofrecerle una fecha alternativa en aquellos momentos, pero que quizá yo estuviese libre para entretenerlo a él más adelante. Era una estratagema arriesgada. Lo cierto es que ponía en peligro las ambiciones de mi tío, pero, al parecer, Falco no se ofendió. Cuando nuestras góndolas se cruzaron en el canal dos días más tarde, me hizo una elegante reverencia y sonrió.

Yo aguardé lo que creía que era un período de tiempo apropiado y volví a invitarle; esta vez aceptó. Una guardia personal de diez hombres vino con él. ¿Pensaba que quería asesinarlo? Pero claro está que el Imperio debe aprovechar la menor ocasión para proclamar su poderío. Me habían avisado de que traería un séquito y tomé mis propias medidas. Acomodé a sus soldados en dependencias

Tenía otro regalo para mí. Era un collar hecho con cuentas de alguna extraña piedra verde, tallada con curiosos diseños, y que tenía en el centro un trozo de piedra roja como la sangre.

—¡Qué preciosidad! —dije, aunque pensé que era espantoso y estridente.

—Procede de las tierras de México —me dijo él—, que es un gran reino de Nova Roma, al otro lado de la mar Océana. Allí adoran a misteriosos dioses. Celebran ritos en lo alto de una gran pirámide, y en ellos, los sacerdotes extraen los corazones de víctimas propiciatorías hasta que ríos de sangre corren por las calles de la ciudad.

—¿Ha estado allí?

—Sí, sí. Hace seis años. En México y en otra tierra llamada Perú. Entonces servía al embajador del cesar en los reinos de Nova Roma. Me dejó pasmada pensar que aquel hombre había estado en Nova Roma. Esos dos grandes continentes al otro lado del océano… a mí me parecían tan lejanos como la luna. Pero claro, en esta gloriosa época del Imperio, bajo Flavio Rómulo, los romanos han llevado sus estandartes a los lugares más remotos del mundo.

Acaricié las cuentas de piedra —la piedra verde era tan suave como la seda y parecía arder con un fuego interior— y me puse el collar.

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