Una avanzada del reino 2 стр.

—¿AEgyptus… Nova Roma… —Sacudí la cabeza—. ¿Así que ha estado en todas partes?

—Sí, prácticamente sí —dijo riéndose—. Los hombres que servimos a Flavio César estamos cada vez más acostumbrados a los grandes viajes. Mi hermano ha estado en Catay y las islas de Cipango. Mi tío se adentró mucho en África, muy al sur, más allá de AEgyptus, hasta las tierras donde moran los hombres vellosos. Es una edad de oro, mi señora. El Imperio extiende vigorosamente su dominio a todos los rincones del mundo. —Entonces sonrió, se inclinó, acercándoseme, y preguntó—: ¿Y usted? ¿Ha viajado usted mucho?

—He estado en Constantinopla —dije.

—Ah, la gran capital, sí. Me detuve allí, de camino a AEgyptus. Las carreras en el hipódromo… no hay nada igual, ¡ni siquiera en la ciudad de Roma! Vi el palacio real. Desde fuera, naturalmente. Se dice que tiene muros de oro. No creo que ni siquiera la morada de César pueda igualarlo.

—Yo estuve una vez dentro, cuando era una muchacha. Quiero decir, cuando el basileo todavía gobernaba. Vi los salones dorados, y vi los leones de oro que están sentados junto al trono y agitan sus colas. En el salón del trono vi unas aves, adornadas con piedras preciosas sobre los árboles de oro y plata, que abren el pico y cantan. El basileo me dio un anillo. Mi padre era un pariente lejano suyo, ¿sabe? Pertenezco a la familia de los Phokas. Más tarde me casé con un Cantacuzeno. Mi marido también estaba emparentado con la familia real.

—Ah —dijo él, como si estuviera muy impresionado, como si esos nombres de la aristocracia bizantina tuvieran realmente algún significado para él.

Pero yo sabía bien que seguía tratándome con condescendencia. Un emperador destronado ya no es un emperador, y los méritos de una aristocracia caída son poco deslumbrantes.

Y ¿qué podía importarle que yo hubiera estado en Constantinopla a él, que también había estado allí, de paso hacia el fabuloso AEgyptus? El único gran viaje que yo había hecho en mi vida era una simple escala para él. Su cosmopolitismo me humillaba. De eso se trataba, ¿no? Él había estado en otros continentes, otros mundos, ¡AEgyptus! ¡Nova Roma! Él podía elogiar cosas de nuestra capital, sí, pero su tono daba a entender que en realidad la consideraba inferior a la ciudad de Roma e inferior también, quizá, a las ciudades de México y Perú, y otros lugares exóticos que hubiera visitado en nombre de César. El número y el alcance de sus viajes me dejaron anonadada. Allí estábamos nosotros, los griegos, encerrados en un reino en constante mengua y que, ahora, se había derrumbado completamente. Y allí estaba yo, la hija de una ciudad menor en la periferia de ese reino caído, patéticamente orgullosa de mi única visita a nuestra antes poderosa capital. Él en cambio era un romano; todo el mundo le abría las puertas. Si la poderosa Constantinopla de muros dorados era, simplemente, una ciudad más para él, ¿qué sería nuestra pequeña Venecia? ¿Qué era yo?

Le odié con más violencia que nunca. Deseé no haberlo invitado nunca.

Pero era mi huésped. Yo había hecho preparar un maravilloso banquete con los mejores vinos y exquisiteces que era posible que incluso un romano muy viajado no hubiera probado en su vida. Obviamente, fue de su agrado. Bebió y bebió y bebió. Le subieron los colores, pero en ningún momento perdió el control, y hablamos hasta muy entrada la noche.

Debo confesar que me dejó estupefacta con la amplitud de miras de su mente.

No era un simple bárbaro. Había tenido un tutor griego, como lo habían tenido todos los romanos de buena familia durante más de mil años. Un sabio anciano ateniense llamado Euclides fue quien llenó la cabeza del joven Falco con poesía, teatro y filosofía, lo había iniciado en los matices más sutiles de nuestra lengua y le había enseñado las ciencias abstractas en las que siempre hemos sobresalido nosotros, los griegos. Así que ese procónsul estaba familiarizado no sólo con disciplinas romanas como la ciencia, la ingeniería y el arte de la guerra, sino también con Platón, Aristóteles, con los dramaturgos y los poetas, y con la historia de mi estirpe desde el tiempo de Agamenón…, de hecho era capaz de disertar sobre todo tipo de cosas, sobre algunas de las cuales yo sólo tenía referencias pero no conocía en profundidad.

Habló y habló hasta que yo ya no pude seguir escuchándole, y aún entonces continuó. Y por fin —estábamos en mitad de la noche y los buhos ululaban en la oscuridad—, le tomé de la mano y lo conduje a mi cama, aunque sólo fuera para silenciar aquel flujo de palabras que brotaba de él como los torrentes del mismo Nilo de AEgyptus.

Encendió una vela en el dormitorio. Nuestras ropas cayeron perdiéndose en la penumbra.

Me tomó y me tendió sobre la cama.

Nunca antes me había amado un romano. En el instante previo a que me abrazara tuve un nuevo arrebato de feroz desprecio hacia él y toda su estirpe, pues estaba convencida de que en ese momento afloraría toda su innata brutalidad, que toda su elocuencia filosófica había sido una pose y que ahora iba a poseerme de la forma en que los romanos habían tomado posesión de cualquier cosa que les hubiera salido al paso a lo largo de quince siglos. Él me sojuzgaría, me colonizaría. Él iba a ser ordinario, violento, torpe; pero haría lo que le viniera en gana, como siempre habían hecho los romanos, y después de eso, se levantaría y se marcharía sin una palabra.

Estaba equivocada, como lo había estado en todo lo demás respecto a aquel hombre.

Es cierto que su estilo era romano, no griego. Es decir, en lugar de insinuarse de alguna forma artera, ingeniosa, sutil, fue sencillo y directo, pero de ninguna manera torpe. Sabía lo que había que hacer y lo hizo. Y las cosas que tenía que aprender, como las hay para cualquier hombre que está por primera vez con una nueva mujer, sabía identificarlas y sabía cómo aprenderlas. Entonces comprendí lo que querían decir las mujeres al afirmar que los griegos hacían el amor como poetas y los romanos como ingenieros. Y de lo que me di cuenta en ese momento, es de que los ingenieros tienen muchas virtudes de las que carecen la mayor parte de los poetas, y de que, así como un ingeniero puede ser capaz de escribir hermosos versos, ¿no te lo pensarías dos veces antes de cruzar un puente que hubiera sido diseñado o construido por un poeta?

Nos quedamos en la cama hasta el amanecer. Reímos y hablamos cuando no estábamos abrazándonos.Y después de no dormir, nos levantamos desnudos, nos fuimos a los baños y nos lavamos en medio de un gran júbilo. Y, todavía desnudos, salimos a recibir el dulce y rosado amanecer. Permanecimos de pie, uno al lado del otro, sin decir una palabra, observando el sol salir de Bizancio e iniciar su periplo diurno hasta Roma, hacia los territorios que bordean el mar Occidental, hacia Nova Roma, hacia la remota Catay.

Nos vestimos y desayunamos vino, queso e higos. Luego mandé ensillar unos caballos y lo llevé a hacer un recorrido por la finca. Le mostré los olivares, los campos de trigo, el molino con su arroyo y las higueras cargadas de fruta. El día era cálido y hermoso. Las aves cantaban y el cielo estaba despejado.

Más tarde, cuando comimos en el patio contemplando el jardín, dijo:

—Éste es un lugar maravilloso. Espero, cuando sea viejo, poder retirarme a una propiedad en el campo como ésta.

—Seguramente habrá más de una en tu familia —dije yo.

—Varias. Pero creo que ninguna tan plácida. Nosotros, los romanos, nos hemos olvidado de vivir apaciblemente.

—Mientras que nosotros, al ser una estirpe en decadencia, podemos permitirnos el lujo de un poco de tranquilidad, ¿no es así?

Me miró con extrañeza.

—¿Os consideráis una estirpe en decadencia?

—No seas falso, Quinto Pompeyo. No tienes por qué adularme ahora. Por supuesto que lo somos.

—¿Porque ya no tenéis el poder imperial?

—Por supuesto. Hace tiempo venían a nosotros embajadores desde lugares como Nova Roma, Bagdad, Menfis, Catay. No a Venecia, quiero decir a Constantinopla. Ahora los embajadores sólo van a Roma. Los únicos que visitan las ciudades griegas son los turistas. Y los procónsules romanos.

—Qué extraña es tu manera de ver el mundo, Eudoxia.

—¿Qué quieres decir?

—Equiparas la pérdida del Imperio con la decadencia.

—¿No lo harías tú?

—Si le ocurriera a Roma, sí. Pero Bizancio no es Roma. —Ahora me miraba con gravedad—. El Imperio Oriental fue una locura, una distracción, un gran error que, por alguna razón, se prolongó mil años. Nunca debería haber ocurrido. La responsabilidad de gobernar el mundo fue otorgada a Roma: nosotros la aceptamos como nuestra obligación. En primer lugar nunca hubo ninguna necesidad de un Imperio Oriental.

—¿Quieres decir que todo fue un terrible error de Constantino?

—Exactamente. Entonces Roma atravesaba una mala época. Incluso los imperios tienen fluctuaciones. También el nuestro. Habíamos contraído demasiadas obligaciones financieras y todo estaba tambaleándose. Constantino tenía problemas políticos en su patria y demasiados hijos problemáticos. Creyó que el Imperio era poco flexible e imposible de mantener unido, así que construyó la capital oriental y dejó que las dos mitades se distanciaran. El sistema funcionó durante un tiempo. Está bien, lo admito, durante cientos de años. Pero cuando el este se olvidó del hecho de que su sistema político había sido fundado por romanos y empezó a recordar lo que de verdad fue Grecia, su muerte se hizo inevitable. Un Imperio griego es una anomalía que no puede sostenerse en el mundo moderno. Ni siquiera pudo sostenerse mucho tiempo en el mundo antiguo. La misma expresión es una contradicción en los términos: imperio griego. Agamenón no tuvo ningún imperio, tan sólo era un jefe tribal que a duras penas consiguió hacer sentir su poder a veinte kilómetros de Micenas. ¿Y cuánto duró el imperio ateniense? ¿Cuánto tiempo se mantuvo unido el reino de Alejandro después de su muerte? No, no, no, Eudoxia. Los griegos son un pueblo maravilloso. El mundo entero está en deuda con ellos por sus numerosos y grandes logros, pero la construcción y el mantenimiento de gobiernos a gran escala no es una de sus habilidades. Y nunca lo ha sido.

—¿De verdad lo crees? —dije yo con regocijo en la voz—. Entonces, ¿por qué fuimos capaces de derrotaros en la guerra civil? Fue César Maximiliano quien se rindió al basileo Andrónico. Fue así como ocurrió, fue Occidente el que capituló ante Oriente y no al revés. Durante doscientos años, el poder del este fue hegemónico, si me permites recordártelo.

Falco se encogió de hombros.

—Los dioses quisieron dar una lección a Roma. Eso es todo. Fue otra fluctuación. Recibimos nuestro castigo por haber permitido que el Imperio se desmembrara en un principio. Era necesario que nos humillaran un poco para que nunca volviéramos a incurrir en el mismo error. Por eso vosotros los griegos nos vencisteis estrepitosamente en la época de Maximiliano, y disfrutasteis de una posición, como tú dices, hegemónica, mientras nosotros descubríamos lo que es sentirse como un poder mediocre. Pero aquélla era una situación que no podía durar. Los dioses quieren que Roma gobierne el mundo. No hay la más mínima duda de eso. Fue así en la época de Cartago y lo es actualmente.Y por eso el imperio griego se desmoronó sin que ni siquiera fuera necesaria una segunda guerra civil.Y aquí estamos. Un procurador romano se sienta en el palacio real de Constantinopla. Y un procónsul romano enVenecia. Aunque en este momento se encuentra en el campo, en la finca de una encantadora dama veneciana.

—¿Hablas en serio? —dije yo—. ¿De verdad crees que sois un pueblo elegido? ¿Que Roma gobierna el Imperio por deseo de los dioses?

—Completamente.

Era totalmente sincero.

—¿La Pax Romana es el regalo de Zeus a la humanidad? O el regalo de Júpiter, debería decir.

—Sí —contestó—. De lo contrario, el mundo se sumiría en el caos. Por el amor de Dios, mujer, ¿es que acaso crees que a nosotros nos gusta pasar nuestras vidas siendo administradores y burócratas? ¿No crees que yo no preferiría retirarme a una finca como ésta y pasar el tiempo cazando, pescando y dedicándome al campo? Pero somos la estirpe destinada a gobernar. Y, en consecuencia, tenemos la obligación de hacerlo. Oh, Eudoxia, Eudoxia, ¿crees que no somos más que simples y brutales bestias que van por ahí conquistando territorios por el puro goce de la conquista? ¿Acaso no te das cuenta de que es nuestra misión, nuestra responsabilidad, nuestro trabajo?

—Lloraré por vosotros, entonces.

Sonrió.

—¿Soy una simple y brutal bestia?

—Por supuesto que lo eres. Todos los romanos lo sois.

Se quedó conmigo cinco días. Creo que quizá en todo ese tiempo en total dormimos diez horas. Después me suplicó que le dejara marchar, diciéndome que era necesario que regresara a sus tareas en Venecia, y se marchó.

Yo me quedé allí, con muchas cosas en que pensar.

Por supuesto, yo no podía aceptar su tesis de que los griegos éramos incapaces de gobernar y de que sobre Roma había recaído un mandato divino para administrar el mundo. El Imperio Oriental se había extendido sobre grandes regiones del mundo conocido durante sus primeros siglos (Siria, Arabia, AEgyptus, gran parte de Europa oriental hasta lugares tan alejados como Venecia, que está a poco más de un tiro de piedra de la propia ciudad de Roma) y habíamos crecido y prosperado, como atestigua la riqueza de las grandes ciudades bizantinas.Y en posteriores años, cuando los romanos empezaron a percatarse de que sus primos griegos se estaban haciendo incómodamente poderosos y trataban de reafirmar la supremacía del oeste, libramos una guerra civil de cincuenta años y los derrotamos con bastante facilidad. Lo cual condujo a una hegemonía bizantina de dos siglos. Malos tiempos para el oeste mientras los navios mercantes de Bizancio navegaban hacia las ricas ciudades de Asia y África. Supongo que al final fuimos demasiado ambiciosos, como siempre les ocurre a todos los imperios. O quizá, sencillamente, nos ablandamos con tanta prosperidad y, por eso, los romanos despertaron de su sueño centenario y se sacudieron de encima nuestro Imperio. Quizá sean la gran excepción: quizá su Imperio siga y perviva a través de las eras venideras como ha hecho a lo largo de los últimos quince siglos, con tan sólo pequeños períodos de lo que Falco llama «fluctuaciones» que perturban su mandato inquebrantable. Ahora, nuestros territorios han sido reducidos, por la fuerza inexorable del destino imperial de Roma, otra vez al estatus de provincias romanas, como lo fueron en la época de César Augusto. Sin embargo, nosotros tuvimos nuestra época de grandeza. Gobernamos el mundo tan bien como lo hicieron los romanos.

O eso me decía yo a mí misma. Pero incluso mientras lo pensaba, sabía que no era así.

Nosotros, los griegos, pudimos asumir la grandeza, sí. Asumimos el esplendor y la pompa imperial. Pero los romanos saben cómo llevar a cabo el trabajo cotidiano de gobierno. Quizá Falco tuviera razón después de todo. Quizá nuestros irrisoriamente escasos siglos de Imperio, interrumpiendo el largo dominio romano, habían sido tan sólo una anomalía de la historia.Ya que ahora el Imperio Oriental era sólo un recuerdo y la Pax Romana estaba en vigor a lo largo de miles de kilómetros y, desde su trono en Roma, el gran César Flavio Rómulo presidía un reino como el mundo nunca antes había conocido. Había romanos en lo más remoto de Asia, romanos en la India, navios romanos que llegaban incluso hasta los asombrosos nuevos continentes del lejano hemisferio occidental. Había nuevos y extraños inventos (libros impresos, armas que lanzaban pesados proyectiles a grandes distancias y todo tipo de milagros), mientras que nosotros, los griegos, nos veíamos reducidos a la contemplación de glorias pasadas cuando nos sentábamos en nuestras ciudades conquistadas tomándonos una copa de vino y leyendo a Homero y a Sófocles. Por primera vez en mi vida, vi a mi pueblo como una raza menor, elegante, encantadora, cultivada y sin importancia.

¡Cuánto había despreciado a mi apuesto procónsul! ¡Y cómo se había vengado él de mí por ello!

Permanecí en Istria dos días más y después regresé a la ciudad. Había un regalo de Falco esperándome: una estilizada pieza de marfil tallado que representaba una casa de extraño diseño y una mujer de delicados rasgos, sentada pensativamente a orillas de un lago, bajo un sauce llorón. La nota que lo acompañaba decía que procedía de Catay y que se había hecho con ella en Bactriana, en las fronteras de la India. No me había dicho que también había estado en Bactriana. Pensar en sus viajes en nombre de Roma me mareaba. Tantos viajes, tantos periplos agotadores. Yo lo imaginaba reuniendo pequeños tesoros como éste allá donde hubiera ido y llevándolos consigo para obsequiar con ellos a sus damas en otras tierras. Aquella idea me irritó tanto que a punto estuve de lanzar al suelo la pieza de marfil. Sin embargo recapacité y la guardé en mi vitrina de curiosidades, al lado de la diosa de piedra de AEgyptus.

Ahora era su turno de invitarme a cenar con él en el palacio de los dux y —suponía yo—, pasar la noche en la misma cama donde una vez durmieron éstos y sus consortes. Aguardé una semana y después otra, y la invitación no llegaba. Eso parecía entrar en contradicción con la nueva idea que yo me había formado de él como un hombre de grandes virtudes. Sin embargo, quizá lo había sobreestimado. Después de todo, era un romano. Había conseguido de mí lo que quería; ahora debía de estar a la búsqueda de otras aventuras, otras conquistas.

Estaba equivocada. De nuevo.

Cuando mi impaciencia se transformó nuevamente en irritación hacia el procónsul, y mi furia por haber dejado que me llevara a tal estado había borrado toda la consideración que yo hubiera desarrollado hacia él durante su visita a mi finca, acudí a ver a mi tío Demetrio y le dije:

—¿Has visto últimamente a ese romano, procónsul nuestro? ¿Crees que está enfermo?

—¿Por qué? ¿Tienes algún interés en él, Eudoxia?

Le fulminé con la mirada. Después de haberme empujado a los brazos de Falco para satisfacer sus propios propósitos, Demetrio no tenía derecho a mofarse ahora de mí. Abruptamente le contesté:

—Me debe la cortesía de una invitación a palacio, tío. No es que pensara en aceptarla… no ahora. Pero debería saber que su actitud es ofensiva.

—¿Se supone que debo decirle eso?

—No le digas nada. ¡Nada!

Demetrio me dedicó una sonrisita taimada. Pero estaba segura de que mantendría silencio. No tenía nada que ganar humillándome a los ojos de Pompeyo Falco.

Pasaron los días. Y al final llegó una nota de Falco escrita con una elegante caligrafía griega, como todas las suyas, preguntándome si podía pasar a visitarme. Mi primer impulso fue rechazarlo.

Pero no se pueden rechazar tales peticiones de un procónsul. Y, de todas maneras, me di cuenta de que yo quería volver a verlo. Deseaba mucho volver a verlo.

—Espero que me perdones por haber sido tan poco atento —me dijo—, pero he tenido grandes quebraderos de cabeza estas últimas semanas.

—Estoy segura de que así habrá sido —le respondí con sequedad.

Los colores le subieron al rostro.

—Tienes todo el derecho a estar enfadada conmigo, Eudoxia, pero han sido unos días de circunstancias extraordinarias. Ha habido grandes agitaciones en Roma, ¿lo sabes? El emperador ha remodelado su gabinete. Han caído importantes hombres y otros, súbitamente, han ascendido a la gloria.

—¿Y eso en qué te afecta? —le pregunté—. ¿Eres uno de los que ha caído o de los que han ascendido a la gloria? ¿O no debería preguntarte nada de esto?

Назад Дальше